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Pirámides, juego de pelota, fina cerámica destinada a la actividad ritual, plazas y plataformas son evidencia de los conocimientos arqueoastronómicos aplicados al diseño de las construcciones, aspectos que permiten plantear la hipótesis de una fuerte estructura cultural que, además, cumplía el papel de frontera entre el área nuclear de Mesoamérica y los grupos de cazadores-colectores del norte de México llamados genéricamente chichimecas. Éstos, considerados salvajes a la luz de las miradas occidentales, constituyeron la mejor y más profunda respuesta cultural que cualquier grupo humano podría plantear para sobrevivir en condiciones geográficas y climáticas extremadamente rigurosas, manteniendo rasgos de identidad no ajenos a los desarrollos mesoamericanos norteños. Un elemento de corroboración a esa idea es que la frontera no constituyó una barrera infranqueable para el contacto entre grupos sedentarios y nómadas.

A partir del proceso de conquista en el siglo XVI y durante el resto del periodo colonial, así como por los acontecimientos de los siglos XIX y XX , Zacatecas siguió proyectando su presencia con bastante peso dentro del contexto regional y, en determinados momentos, su vínculo con el contexto nacional fue de suma importancia. A lo largo del periodo colonial, la ciudad de Zacatecas ocupó el segundo lugar de importancia, después de la de México, en cuanto al número de habitantes y la riqueza económica que generaba. En 1585 el rey Felipe II otorgó el título de ciudad a Zacatecas en virtud de las grandes riquezas y empresas de colonización que había generado. Diversas instituciones florecieron bajo el resguardo de la minería y el comercio de la ciudad, marcando el ritmo de los acontecimientos sociales. Como ejemplo, cabe resaltar que a mediados del siglo XVIII más de treinta cofradías se volcaban en las calles durante las celebraciones religiosas más importantes.

Apenas cuatro años después de comenzar el asentamiento en las minas de Nuestra Señora de los Remedios de los Zacatecas, alrededor de 1550, la existencia de impresos procedentes de Europa, a través de los intrincados caminos del comercio o de los mineros que los portaban en sus viajes hacia el Nuevo Mundo, formaban parte de la vida en el más alejado punto de la frontera septentrional novohispana. No es casual, entonces, que algunas de las más importantes bibliotecas conventuales, eclesiásticas y particulares del norte de México hayan surgido en Zacatecas, como fueron la del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas , la de la Parroquia Mayor (después catedral), la Biblioteca Elías Amador, así como las de muchos intelectuales zacatecanos que, desde el siglo XVIII , hicieron gala de una erudición plasmada en diversas obras, como fueron las descripciones de la ciudad de Zacatecas hechas por José Rivera de Bernárdez y José de Santa María Maraver, al igual que La Muralla Zacatecana, de José Mariano Bezanilla.

La enorme cantidad de manuscritos con información acerca de Zacatecas, producidos durante el periodo colonial, el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, muchos de ellos ubicados en diversos archivos en el país y en el extranjero, permitió que la documentación generada en torno a los asuntos civiles, eclesiásticos y religiosos volviera la historia de Zacatecas un campo adecuado para la investigación y, prácticamente, clave para comprender la expansión y asentamientos del orden colonial en el norte de México y el suroeste de Estados Unidos.


 

 

 

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